

7. La fe de Jairo
“Pero Jesús, luego que oyó lo que se decía, dijo al principal de la sinagoga: No temas, cree solamente.”
Marcos 5:36
En nuestras vidas tan ocupadas, a veces es difícil tener paciencia y simplemente esperar. Nuestra hija trabaja después de la escuela en una tienda, y es impresionante ver cuán rápido los clientes pierden la paciencia y se vuelven groseros por cosas pequeñas. Si nuestro carácter es probado en una fila del supermercado, ¿qué tan seriamente será probada nuestra fe en situaciones verdaderamente difíciles?
Jairo fue una de esas personas que tuvo que esperar en Dios en una situación muy difícil. Su hija estaba gravemente enferma y cerca de la muerte. ¿Recuerdas el versículo: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos” (Is. 55:8–9)? Esto también nos recuerda que el tiempo de Dios no siempre es el tiempo que nosotros preferimos.
¿Qué hizo Jairo? Decidió correr hacia Jesús, cayó a Sus pies e hizo una valiente declaración de fe. ¡Llamó Su atención! Jesús aceptó ir con él (Mr. 5:24). ¡Imagínate! ¡Jairo ahora está caminando con Jesús!
Pero entonces, Jesús, rodeado por una gran multitud, apenas podía moverse y Sus pasos parecían increíblemente lentos. Y en medio de todo esto, sucede lo impensable: Jesús se detiene para ministrar a una mujer que había tocado Su manto. Casi podemos imaginar la expresión desesperada en el rostro de Jairo, suplicando: “¿En serio? ¡Por favor, apúrate!”
Llegó la devastadora noticia: su hija había muerto. Jairo escuchó las palabras de los mensajeros, pero también escuchó las palabras de Jesús: “No temas; cree solamente.”
Muchas veces nos encontramos en el mismo lugar, esperando la respuesta de Dios en situaciones críticas. Las voces a nuestro alrededor son fuertes y están llenas de razonamientos, opiniones y soluciones. Pero, ¿escuchamos la voz de Jesús en medio de todo eso?
Jairo solo pudo mantener su fe y no caer en la desesperación porque permaneció en la presencia de Jesús. Esperar en Dios no siempre es fácil, pero hoy quiero animarte a caminar con Él, a leer Su Palabra y a escuchar Su voz. Hoy, Jesús también te dice: ‘No temas; cree solamente.’
6. ¿En quién confías?
“Porque los ojos de Jehová contemplan toda la tierra, para mostrar su poder a favor de los que tienen corazón perfecto para con él.”
2 Crónicas 16:9a
Hoy me gustaría reflexionar sobre la vida del rey Asa de Judá. Tal vez no lo recuerdes de inmediato, pero él fue el bisnieto del rey Salomón. Su historia es impresionante, ya que fue un rey que hizo lo recto ante los ojos del Señor y confió plenamente en Él. Incluso cuando un ejército de un millón de soldados se levantó contra él, Asa confió completamente en Dios, y Dios le dio la victoria. Además, hizo un juramento de dar muerte a todo aquel que no buscara al Señor (2 Crónicas 15:13).
Sin embargo, el rey Asa perdió la fe cuando sus propios hermanos, el ejército de Israel, se levantaron contra él. En lugar de confiar en Dios, hizo un pacto con los Sirios. Nunca se recuperó de esa falta de fe; incluso cuando se enfermó, prefirió confiar en los médicos antes que en Dios.
Su historia parece increíble, porque ¿cómo pudo olvidar las obras poderosas de Dios después de haber derrotado a un ejército de un millón? Pero, si somos honestos con nosotros mismos, podríamos hacer lo mismo que el rey Asa. Conocemos las obras que Dios ha hecho en nuestras vidas y, aun así, es muy fácil confiar en toda la ayuda fácilmente disponible que existe hoy en día. Pensemos en ChatGPT, médicos de TikTok, seguros, etc. Para casi cualquier problema hay una solución cercana. Lo llamamos comodidad, pero ¿acaso no nos debilita espiritualmente?
¿Todavía te atreves a confiar en Dios incluso en las cosas pequeñas? Dios espera que lo busques con un corazón sincero y que dependas completamente de Él, para que pueda mostrar Su grandeza y Su poder en situaciones difíciles o incluso imposibles. Él quiere recompensarte por depender de Él (2 Crónicas 15:7). ¡Qué maravilloso sería vivir con esa seguridad! No permitas que la comodidad te robe estas bendiciones.
5. La Importancia de la Iglesia
"Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios…"
Efesios 2:19
Si algo es de suma importancia para Jesús, ¿no debería serlo también para nosotros? ¡La iglesia! Muchos afirman ser cristianos, pero no ven la necesidad de congregarse: “Puedo creer en casa.” ¿Por qué es tan importante congregarse? En pocas palabras, porque fue de gran importancia para el mismo Jesús. ¡Él dio su vida por la iglesia!
En lugar de ver la iglesia como una obligación o como algo aburrido, debemos comprender que es esencial para todo creyente. La Biblia nos enseña que la iglesia es una familia. Los extraños no tienen relación, y los extranjeros tienen acceso limitado a los derechos; pero como miembros de la familia, pertenecemos y tenemos plena entrada al Padre, porque somos sus hijos e hijas. Así que, la próxima vez que entres en la iglesia, no mires a los demás como extraños, sino como tu familia.
La iglesia es también el Cuerpo de Cristo, y cada creyente tiene una función dentro de él (1 Co. 12:27). El cuerpo funciona en unidad, y la cabeza es Cristo. Como creyente, eres parte de este cuerpo, y no estás llamado a funcionar por tu cuenta. ¿Cómo podrás usar los dones y talentos que Dios te ha dado si no participas en la iglesia? Asimismo, la iglesia es un rebaño, guiado por pastores puestos por Dios (Hch. 20:28). La oveja que anda sola puede tener fe; sin embargo, no es alimentada espiritualmente, ni cuidada, ni guiada; y sobre todo, se encuentra vulnerable a diversas formas de mal. Por último, la iglesia es la esposa de Cristo (Ef. 5:25). En su amor sacrificial, Él dio su vida por ella. Esto nos recuerda cuán esencial es la iglesia para nosotros.
Habrá momentos en que no tendremos deseos de congregarnos; pero muchas veces, esos son precisamente los momentos en que más lo necesitamos. Dios usa la iglesia para fortalecer nuestra fe, recordarnos la verdad y rodearnos de personas que caminan junto a nosotros.
4. La Necesidad de Nacer de Nuevo
"Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo."
Juan 3:5-7
La historia de Nicodemo se registra únicamente en el Evangelio de Juan. Está llena de teología, del Evangelio, de verdad y también de contrastes. Aunque Nicodemo era fariseo y miembro del Sanedrín, no logra reconocer la verdadera identidad de Jesús como el Mesías; sin embargo, sí reconoce que es un Maestro enviado por Dios y que Dios está con Él. ¡Pero no es suficiente!
“Es necesario nacer de nuevo” es clave para entender el Reino de Dios. Es algo claro y decisivo; no hay términos medios. La vida eterna es solo para aquellos que nacen del Espíritu, para los que tienen fe en el Hijo de Dios. El nuevo nacimiento no es una transformación física, sino interna. Cuando confesamos a Jesús como nuestro Señor y Salvador y nos arrepentimos de nuestros pecados, muchas cosas suceden en ese mismo momento. Somos justificados y la pena del pecado es quitada. Ezequiel 36:25–27 describe la transformación que tiene lugar de la siguiente manera: “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados; os limpiaré de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros ídolos. Os daré corazón nuevo y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne.”
Nicodemo confiaba en su propio entendimiento de la Ley y en las obras de Jesús; sin embargo, eso no es lo que Jesús busca. Esto también se aplica a cada uno de nosotros: la asistencia a la iglesia, el conocimiento bíblico y las buenas costumbres no pueden reemplazar un corazón transformado.
¿Has nacido de nuevo? No simplemente mejorado, no solo informado, sino transformado por el Espíritu. ¡Él todavía hoy toma corazones de piedra y los hace vivir en Cristo!
3. "Yo soy la Resurrección y la Vida"
“Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?’”
Juan 11:25–26
Jesús habló estas palabras a Marta, quien acababa de enterrar a su hermano. En medio del dolor y la pérdida, Él declaró algo extraordinario: “Yo soy la Resurrección y la Vida.” No dijo: “Yo daré resurrección”, sino: “Yo soy la Resurrección.” Tampoco señaló a un acontecimiento futuro, sino que se señaló a Sí mismo. ¡Marta estaba hablando con la verdadera Fuente de la Vida!
Al leer la historia de Lázaro, es sorprendente ver que Jesús lloró justo después de pronunciar estas poderosas palabras. Su espíritu estaba profundamente conmovido. El idioma original sugiere una profunda conmoción, incluso una reacción intensa ante la realidad de la muerte. La Vida misma estaba cara a cara con la muerte, y la muerte había arrebatado a su amigo Lázaro. Esto nunca fue parte del diseño original de Dios para la creación. No solo Lázaro, sino toda la humanidad estaba perdida a causa del pecado y, como consecuencia, de la muerte. Por eso Jesús se estremeció en su espíritu (Jn. 11:33).
Como expresa un conocido canto: “Amor asombroso, ¿cómo puede ser que Tú, mi Rey, murieras por mí?” Es este amor tan grande por toda la humanidad, para salvarla de la muerte, lo que llevó a Jesús a la cruz. Cuando Él dice: “el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”, significa que la muerte no tiene la última palabra. Para aquellos que creen en Él, la muerte no es el final, sino la puerta a la vida eterna con Él.
Lázaro fue resucitado a un cuerpo mortal y moriría otra vez. Pero Jesús resucitó en un cuerpo glorificado que nunca morirá, y por medio de Él se nos da esa misma esperanza eterna. El único requisito es creer en Él.
¿Crees esto? No es solo una afirmación teológica, sino una invitación personal. Frente al temor, la pérdida e incluso la muerte misma, ¿confiarás en Él?
2. Una mesa preparada
“Aunque ande en valle de sombra de muerte, No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; Tu vara y tu cayado me infundirán aliento. Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores.”
Psalm 23:4-5
El Salmo 23 es quizá uno de los salmos más conocidos de toda la Biblia. Recuerdo la primera vez que prediqué. Estaba aterrorizada y totalmente sin preparación. Yo estaba sirviendo en un complejo de vivienda pública en el centro de Atlanta cuando dos jóvenes murieron en un accidente. Se suponía que yo debía predicar en el funeral… pero nadie me avisó hasta que la gente ya iba en camino. Tenía 25 años y tenía que predicar en español. Mi pastor simplemente me dijo: “Predica el Salmo 23.”
Los primeros versículos de este salmo hablan de delicados pastos y aguas de reposo, que representan esperanza y paz. Pero el lugar donde yo estaba era todo lo contrario: vi personas lleno de angustia y dolor. Entonces el versículo cinco me resaltó de una manera especial: “Preparas mesa delante de mí en presencia de mis enemigos.”
¿Puedes imaginar esa escena? La Escritura ya no habla de campos tranquilos. Habla de caminar por el valle de sombra de muerte, un lugar que representa temor y sufrimiento. Nuestros enemigos, el peligro y las tormentas rugen a nuestro alrededor, pero en medio de todo eso hay una mesa preparada.
Es un contraste fuerte. Sin embargo, Dios te está invitando a dejar de enfrentar y pelear tus batallas con tus propias fuerzas, y a tomar tu lugar en Su mesa. En la presencia del Todopoderoso, las preocupaciones comienzan a perder su fuerza, porque Él ya ha vencido. En Su mesa encuentras paz y descanso, y todo lo que necesitas para enfrentar lo que te rodea: Su sabiduría, Su fuerza, Su provisión y Su protección.
Lo que aprendí ese día en el funeral, con dos ataúdes abiertos a mi lado, fue esto: La paz de Dios no significa necesariamente que Él calme todas las tormentas a tu alrededor. Significa que Él trae paz a todo lo que hay dentro de ti. La pregunta es: ¿estás dispuesto a sentarte a Su mesa?
1. El Copero Compasivo
“Y me dijeron: El remanente, los que quedaron de la cautividad, allí en la provincia, están en gran mal y afrenta, y el muro de Jerusalén derribado, y sus puertas quemadas a fuego.
Cuando oí estas palabras me senté y lloré, e hice duelo por algunos días, y ayuné y oré delante del Dios de los cielos.”
Nehemías 1:3–4
¿Cuándo fue la última vez que clamaste a Dios porque fuiste conmovido por el sufrimiento de otra persona? Muchas veces despreciamos la emoción de llorar porque se nos ha enseñado que llorar es señal de debilidad. Otra razón puede ser que estamos constantemente bombardeados por malas noticias y, como resultado, muchos se han vuelto insensibles ante la injusticia y el sufrimiento que nos rodea. La compasión a menudo se reduce a un simple emoji de oración… y luego seguimos deslizando la pantalla.
Nehemías recibió un solo mensaje, y ese mensaje lo llevó de rodillas. El texto nos dice que se sentó, lloró, hizo duelo, ayunó y oró. ¡Fíjate bien en esto: nunca había estado en Jerusalén! Nació en el exilio y ocupaba una posición cómoda y segura en el palacio del rey.
Henry Nouwen describe la compasión como entrar en los lugares de dolor y clamar junto con los que sufren. Cuando nos permitimos sentir el dolor de otra persona, eso debería llevarnos de rodillas en oración. La Escritura nos muestra muchas veces que Dios se mueve cuando nuestro corazón se alinea con el corazón del Padre. Piensa en los cuatro amigos que llevaron a su amigo paralítico delante de Jesús, o en la historia del buen samaritano. La salvación está estrechamente ligada a la compasión.
Finalmente, Nehemías no se apresuró a actuar. Primero buscó a Dios y esperó cuatro meses hasta que Dios le abrió una puerta (Neh. 2:4). Durante ese tiempo íntimo de oración y ayuno, Dios alineó el corazón de Nehemías con el suyo y aclaró la visión que había puesto dentro de él. ¿Y qué sucedió después? ¡Un copero reconstruyó el muro de Jerusalén en tan solo cincuenta y dos días! Eso solo puede ser obra de Dios.
Ahora uno tiene que preguntar a simismo: ¿qué es lo que quebranta tu corazón?